La muñeca: relato de terror en un pueblo de la sierra

Una familia viaja a un pueblo perdido entre la neblina para comprar unas tierras. La hija menor encuentra una muñeca guardada en una caja cerrada, y alguien en el pueblo no deja de tallar madera. Relato de terror original de Terror de Noche.


Relato de ficción.

Tengo tanto trabajo que hacer, y mis padres quieren venir de viaje a este pueblo alejado de todo y de todos. Mi papá quiere comprar unos terrenos para poner cafetales, y yo no sé qué hago aquí.

Las vueltas del camino me marean. Siento que en cualquier momento la camioneta puede caer por la ladera de esta carretera de dos carriles, tan maltratada y cubierta de vegetación.

Después de un rato salimos de la carretera principal y seguimos por un camino de terracería que me impidió seguir leyendo. Mi tarea tendría que esperar.

San Juan

San Juan no es realmente un pueblo. Son unas cuantas casas de madera casi amontonadas a la orilla de un desfiladero.

El ambiente es muy húmedo y la neblina apenas deja ver. No hace frío, pero siento las gotas de agua condensándose en mi chamarra.

Mis padres y mi hermana, Sofía, que tiene seis años, caminan hacia una de las casas para buscar a don Miguel, el señor con el que mi papá va a hacer el negocio del terreno.

En el lugar se escucha un ruido repetitivo, como si alguien golpeara algo o estuviera tallando. Ese ruido se confunde con el rumor de una cascada escondida en la neblina.

La caja

Don Miguel resultó ser un hombre viejo, de manos grandes y llenas de cortadas. El ruido venía de su taller: tallaba figuras de madera. En las repisas había decenas de muñecas, todas del tamaño de un niño pequeño, todas sin cara.

Mientras los adultos hablaban de linderos y precios, Sofía se fue a curiosear. Yo la seguí sin ganas. Al fondo del taller había un baúl cerrado con una cadena. Dentro del baúl, una caja de madera, también cerrada. Sofía metió los dedos por una rendija y empezó a jalar. La tapa cedió.

Adentro había una muñeca distinta a las demás. Esta sí tenía cara: una cara de niña, pintada con mucho detalle, con los ojos cerrados.

—Está dormida —dijo Sofía.

Cuando don Miguel nos vio con la caja abierta, dejó de hablar a la mitad de una frase. No se enojó. Solo se quedó mirando a mi hermana un buen rato y luego le dijo, muy amable, que se la podía quedar.

Mi mamá no quería aceptarla. Don Miguel insistió.

—Ya le tocaba salir —dijo.

La noche

Nos quedamos a dormir en el pueblo porque la neblina no dejaba manejar de regreso. Sofía no soltó la muñeca en toda la tarde. Le hablaba en voz baja, le contaba cosas de la escuela, de la casa, de nosotros.

En la madrugada me despertó el ruido del taller. Alguien estaba tallando otra vez.

Me levanté para ir al baño y pasé junto a la cama de mi hermana. Sofía dormía abrazada a la muñeca. La muñeca tenía los ojos abiertos.

Pensé que era la luz. Me acerqué. Los ojos pintados eran cafés, igual que los de Sofía. En la tarde no tenían color.

El regreso

A la mañana siguiente mi papá firmó los papeles y nos fuimos. Sofía casi no habló en todo el camino. Mi mamá pensó que estaba cansada.

Yo iba en el asiento de atrás, junto a ella. En una curva, la camioneta se sacudió y la muñeca cayó a mis pies. La levanté. Tenía la cara de mi hermana: la misma nariz, el mismo lunar en la mejilla, la misma sonrisa chueca.

Volteé a ver a Sofía. Me miraba sin parpadear, con los ojos muy quietos, como si no supiera bien cómo se usan.

—¿Ya me la devuelves? —me dijo—. La vas a despertar.

Mi papá nunca plantó los cafetales. Pero a veces, en las noches, en el cuarto de mi hermana se escucha un ruido muy suave, como de alguien tallando madera.

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Jesús Pérez

Siempre disfruto una buena historia de terror, biólogo con maestría en arte y amor por la obscuridad.

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