Relato de ficción.
Fernando era un joven padre de familia que tenía un taller de reparación de radios muy cerca de la estación de trenes. Corría el año de 1958. El pequeño espacio que rentaba estaba a la entrada de una vecindad cuyas piezas que daban a la calle se habían convertido en locales para negocios como el suyo.
Junto a su taller había uno de bicicletas y, unos metros más adelante, una tortería. Casi todos los edificios de la calle eran vecindades, unas más ocupadas que otras, pero la de Fernando estaba formada casi por completo por locales.
La casa era muy grande. En el primer patio estaban los locales; el segundo estaba deshabitado y lo usaban como bodega varias tiendas del barrio; en el tercero estaba el departamento donde vivían sus caseras.
Dos hermanas, según le habían dicho, aunque él solo conocía a una: la señorita Ernestina, una dama esbelta, siempre con cara de enojo, ya entrada en sus cuarenta, que pasaba a cobrarle la renta cada quince días, en martes. Sabía que existía la otra hermana, pero nunca la había visto.
La rutina de Fernando era siempre la misma. Llegaba a las ocho, revisaba aparatos hasta la tarde y entonces llegaba su hija mayor, Claudia, de diez años, a dejarle la comida. Se quedaba haciendo la tarea junto a él hasta que anochecía y regresaban juntos a casa, donde los esperaban su esposa y sus otros tres hijos.
La música del segundo patio
Una noche de noviembre, Fernando se quedó más tarde para terminar un radio que tenía que entregar al día siguiente. Claudia dormitaba sobre sus cuadernos. Cerca de las diez, desde el fondo de la vecindad, empezó a sonar música.
Era un danzón viejo, con la estática de una estación mal sintonizada. Venía del segundo patio, el de la bodega, donde no vivía nadie.
Fernando pensó que algún bodeguero había dejado un aparato encendido. Tomó la lámpara y fue a ver. El segundo patio estaba lleno de cajas, costales y muebles cubiertos con sábanas. La música salía de una puerta cerrada con candado. Pegó el oído a la madera. Entre el danzón y la estática se escuchaba otra cosa: una voz de mujer que repetía un nombre.
—Ernestina… Ernestina, abre.
La música se cortó de golpe. Fernando regresó al taller, despertó a Claudia y se fueron a casa sin decir nada.
La otra hermana
El martes siguiente, la señorita Ernestina pasó a cobrar como siempre. Fernando le pagó y, sin pensarlo mucho, le preguntó si había alguien viviendo en el segundo patio.
—Nadie —dijo ella—. Ahí solo hay cajas.
—Es que el jueves en la noche escuché un radio. Y a una señora que la llamaba a usted.
Ernestina se quedó quieta, con el dinero en la mano. Por primera vez desde que la conocía, la cara de enojo se le deshizo.
—Ese cuarto era de mi hermana Leonor —dijo al fin—. Le gustaba oír el radio de noche. Ese danzón era su favorito.
—¿Y ya no vive con usted?
—Leonor murió hace diez años, señor. Se enfermó y no quiso que la sacáramos de su cuarto. Yo cerré esa puerta el día del entierro y no la he vuelto a abrir.
Fernando no supo qué decir. Ernestina guardó el dinero y se fue sin despedirse.
El radio
Esa misma semana, Ernestina le llevó al taller un radio de madera, cubierto de polvo.
—Era de ella —le dijo—. Lo saqué del cuarto. Quiero saber si todavía sirve.
Fernando lo revisó con cuidado. Los bulbos estaban rotos, los cables comidos por la humedad. Era imposible que ese aparato hubiera sonado en años. Se lo dijo a Ernestina, y ella solo asintió, como si ya lo supiera.
—Arréglelo, por favor. Le pago lo que sea.
Le tomó dos semanas conseguir las piezas. La tarde en que por fin lo encendió, el radio se sintonizó solo en una estación que no existía, y empezó a sonar el mismo danzón.
Claudia, que estaba haciendo la tarea, levantó la vista y señaló hacia la entrada.
—Papá, ¿quién es la señora que está con la señorita Ernestina?
Fernando volteó. En la puerta solo estaba Ernestina, llorando en silencio. Pero junto a ella, el aire se veía distinto, como el reflejo de una ventana.
Lo que quedó
Ernestina se llevó el radio y nunca volvió a cobrarle la renta en persona; desde entonces mandaba a un sobrino. Fernando dejó el local unos meses después, cuando consiguió uno más grande en otra calle.
Años más tarde, ya de adulta, Claudia le preguntó a su padre si se acordaba de la señora que estaba junto a Ernestina aquella tarde. Fernando le dijo que no había visto a nadie.
Claudia sonrió.
—Era igualita a ella, papá. Nada más que no tenía cara de enojo.
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